Has escudriñado mi andar y mi
reposo,
Y todos mis caminos te son conocidos. Salmo 139: 3
Y todos mis caminos te son conocidos. Salmo 139: 3
En
múltiples ocasiones varias compañías televisoras han organizado un exitoso
programa de entretenimiento llamado Big Brother o el Gran Hermano en la versión
de habla hispana. La naturaleza del guión nos permite conocer ángulos
interesantes de las personas seleccionadas previamente. Lo peculiar del show es
que los concursantes se someten al escrutinio de su vida efectuado por una serie
de cámaras y micrófonos que hacen las veces de ojos y oídos omnipresentes,
colgados en los techos y sitios estratégicos de la vivienda.
Los inquilinos disponen
de dormitorios, salas, cocineta, baños y sanitarios. La idea de mantenerlos
totalmente aislados del mundo exterior se refuerza con la restricción en el uso
de radios, libros, televisión, Internet, música, revistas o lápices. Sólo si fuera
impostergable acuden al “Confesionario” donde una voz sin rostro puede atender
sus requerimientos espirituales o psicológicos garantizando discreción.
Como
consecuencia del encierro prolongado, los participantes acaban olvidando que
diversos equipos de filmación y grabación registran sus pasos, sus charlas, sus
escarceos amorosos, su modo de comer, de dormir, de roncar, jugar, besar,
conversar y demás. Nada de lo que pasa dentro de la casa es ajeno a la ojeada curiosa
de los televidentes que por millones siguen en directo y a todo color el curso
de la función. En formato actual el programa vio la luz en
Holanda al principio de los noventa, y se puede aplicar a nuestra vida diaria como
un espejo de lo que nos ocurre a todos los seres humanos sin excepción.
¿Verdad
que ninguno escapa a la contemplación atenta y divina, amorosa y persistente
del Dios de los cielos? Hace mucho tiempo el salmista lo reconoció así en el capítulo 139: “¿Y a dónde huiré de
tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú: y si en el Seól hiciere
mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si
tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aún allí me guiará
tu mano y me asirá tu diestra”.
Un rápido repaso por las Escrituras nos permite
recordar entre muchos, a dos fugitivos sin éxito: Adán intenta ocultarse
después de infringir las instrucciones iniciales y Jonás embarcado rumbo a Tarsis
dando la espalda a Nínive. El primero desliza sus pies entre los árboles
ocultando su vergüenza, y el segundo, hace de las entrañas malolientes de un
pez el santuario más perfumado de la historia. Ora para liberarse ¿Otro modelo?
Pedro, el que se consideraba leal con Jesús, le negó tres veces hasta que la trova
distante del gallo le devolvió a los atrios del arrepentimiento.
Nos puede
parecer extraño pero cada día, al igual que en el caso de Adán, Jonás, Pedro y
tantos otros personajes bíblicos, una mirada compasiva y permanente nos
persigue a todos lados sin descanso ni tregua. Meses atrás los científicos,
absortos en el hallazgo, nombraron el “Ojo de Dios” a una impresionante
nebulosa, perla que decora la galaxia, perfectamente definida, fotografiada con
mayor detalle por el telescopio Hubble. Literalmente es un globo colosal,
multicolor, vaporoso y con aspecto de infinita belleza.
Y como sucede con el
Big Brother, en la realidad cotidiana existe un ojo que nos acompaña de día y
de noche, en trabajo y en reposo, en invierno y en estío, en salud y enfermedad.
Con esa muestra palpable de su asombrosa creatividad, Dios nos recuerda la
imposibilidad humana de escabullir a su escrutinio misericordioso. El cúmulo de
estrellas aludido se localiza a setecientos años luz de la tierra, pero el
Autor de esa obra magnífica se localiza en la cercanía de una plegaria que
salga del corazón.
Excelente publicación, se me hace una manera bondadosa de relacionar a Dios y la ciencia. Esto ultimo lo digo para quienes creen que ello no existe. Felicidades Mauricio Banegas, espero con ansias su próximo escrito.
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