domingo, 28 de abril de 2013

Científicos sorprendidos con el ojo de Dios



Has escudriñado mi andar y mi reposo,
Y todos mis caminos te son conocidos. Salmo 139: 3

En múltiples ocasiones varias compañías televisoras han organizado un exitoso programa de entretenimiento llamado Big Brother o el Gran Hermano en la versión de habla hispana. La naturaleza del guión nos permite conocer ángulos interesantes de las personas seleccionadas previamente. Lo peculiar del show es que los concursantes se someten al escrutinio de su vida efectuado por una serie de cámaras y micrófonos que hacen las veces de ojos y oídos omnipresentes, colgados en los techos y sitios estratégicos de la vivienda. 

Los inquilinos disponen de dormitorios, salas, cocineta, baños y sanitarios. La idea de mantenerlos totalmente aislados del mundo exterior se refuerza con la restricción en el uso de radios, libros, televisión, Internet,  música, revistas o lápices. Sólo si fuera impostergable acuden al “Confesionario” donde una voz sin rostro puede atender sus requerimientos espirituales o psicológicos garantizando discreción. 

Como consecuencia del encierro prolongado, los participantes acaban olvidando que diversos equipos de filmación y grabación registran sus pasos, sus charlas, sus escarceos amorosos, su modo de comer, de dormir, de roncar, jugar, besar, conversar y demás. Nada de lo que pasa dentro de la casa es ajeno a la ojeada curiosa de los televidentes que por millones siguen en directo y a todo color el curso de la función. En formato actual el programa vio la luz en Holanda al principio de los noventa, y se puede aplicar a nuestra vida diaria como un espejo de lo que nos ocurre a todos los seres humanos sin excepción. 

¿Verdad que ninguno escapa a la contemplación atenta y divina, amorosa y persistente del Dios de los cielos? Hace mucho tiempo el salmista lo reconoció  así en el capítulo 139: “¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú: y si en el Seól hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aún allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra”. 

Un rápido repaso por las Escrituras nos permite recordar entre muchos, a dos fugitivos sin éxito: Adán intenta ocultarse después de infringir las instrucciones iniciales y Jonás embarcado rumbo a Tarsis dando la espalda a Nínive. El primero desliza sus pies entre los árboles ocultando su vergüenza, y el segundo, hace de las entrañas malolientes de un pez el santuario más perfumado de la historia. Ora para liberarse ¿Otro modelo? Pedro, el que se consideraba leal con Jesús, le negó tres veces hasta que la trova distante del gallo le devolvió a los atrios del arrepentimiento. 

Nos puede parecer extraño pero cada día, al igual que en el caso de Adán, Jonás, Pedro y tantos otros personajes bíblicos, una mirada compasiva y permanente nos persigue a todos lados sin descanso ni tregua. Meses atrás los científicos, absortos en el hallazgo, nombraron el “Ojo de Dios” a una impresionante nebulosa, perla que decora la galaxia, perfectamente definida, fotografiada con mayor detalle por el telescopio Hubble. Literalmente es un globo colosal, multicolor, vaporoso y con aspecto de infinita belleza. 

Y como sucede con el Big Brother, en la realidad cotidiana existe un ojo que nos acompaña de día y de noche, en trabajo y en reposo, en invierno y en estío, en salud y enfermedad. Con esa muestra palpable de su asombrosa creatividad, Dios nos recuerda la imposibilidad humana de escabullir a su escrutinio misericordioso. El cúmulo de estrellas aludido se localiza a setecientos años luz de la tierra, pero el Autor de esa obra magnífica se localiza en la cercanía de una plegaria que salga del corazón.